martes, 5 de julio de 2016

Viernes 1 de julio: La libertad vigilada

  • por Fabiana Cruz y Hugo Hernán Díaz para el Diario del Juicio
PH Archivo Operativo Independencia - Gentileza Archivo Nacional de la Memoria



En el marco del denominado Operativo Independencia, durante la mañana del día viernes declaró por videoconferencia desde la provincia de Neuquén, Haydee Alicia Lampugnani, esposa de Guillermo Eduardo Díaz Nieto (desaparecido junto a Pedro Antonio Medina y José Teodoro Loto). La testigo  hizo una reconstrucción de los hechos que contextualizaron el secuestro de su esposo en nuestra provincia. “El changuito”, como le decían a Guillermo, militaba en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y en Montoneros. Junto a su esposa tenían el sueño de vivir en Tucumán con sus hijos de 2 y 3 años de edad. El 8 de febrero de 1976, cuando Guillermo se fue para Simoca junto a “Cicuta” López fue la última vez que su familia y amigos supieron de él.

Lampugnani relato que un día mientras leía el periódico local La Gaceta encontró un artículo en el cual se hacía mención a un auto que había explotado en calle Crisóstomo Álvarez con cuatro personas en su interior. “Desde un primer momento sentí algo, sabía que él había muerto ahí”, dijo. Sin embargo hasta la fecha esos datos no fueron comprobados. Más adelante seria la madre del santiagueño José Loto quien mandaría una carta a la esposa de Guillermo planteando la misma hipótesis. Durante su declaración, Haydee contó que  fue detenida en la calle cuando ya estuvo instaurada la dictadura militar, en el año 1976. Sus hijos quedaron cargo de los abuelos paternos en la provincia de Catamarca.

Gervasio Antonio Díaz, hijo de Haydee y Guillermo Díaz Nieto, fue el segundo testigo en declarar.  Gervasio habló del tormento que soportó su familia para aquella época y cerro su declaración leyendo una carta escrita por su abuelo don Rafael Díaz. La misiva iba dirigida a Guillermo y fue escrita cuando se había cumplido un año de su secuestro. Al culminar con aquella lectura un afectuoso y generalizado aplauso se escuchó en la sala de audiencias que llegó como un abrazo al hijo menor de la familia Díaz-Lampugnani. De acuerdo a los testimonios escuchados el viernes, don Rafael también fue secuestrado y torturado y murió meses después de que lo liberaran.

Antes de retirarse Gervasio pidió que se recuerde que los responsables de los hechos que aquí se juzgan son muchos más de los que hoy se encuentran en el banquillo de los acusados. En este sentido, nombró a la ex presidenta María Estela Martínez de Perón y consideró que debería estar presente en el Tribunal Oral Federal siendo juzgada de la misma manera que el resto de los imputados.

El testigo concluyó emocionado: “no creo en la justicia, creo en la dignidad de los miles de compañeros que soñaron un mundo distinto y más justo”.

Rafael Eduardo Díaz, el hijo mayor del matrimonio entre Guillermo y Haydee, también testificó por videoconferencia e hizo claro su pedido de justicia: “pasaron 40 años y no sabemos dónde están los restos de mi padre”. Así concluyeron los testimonios que suman a la causa de Guillermo Díaz Nieto.

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“Que comience la fiesta” es una de las frases que recuerda Rosa del Carmen Córdoba. La frase la dijo el multicondenado José Heriberto Albornoz, minutos antes de que este y sus compañeros, abusaran de la mujer luego de haberla detenido.

El padre de Rosa, Manuel Córdoba, un agente de Policía que trabajó en varias comisarías fue secuestrado el mismo día que su hija pero en diferentes espacios.  Rosa contó que a ambos les hicieron causas por asociación ilícita. Ella supone que su padre fue liberado días antes que ella: “no hablamos de eso”, dijo al respecto. “Él nunca pudo volver a ser policía, no lo recibían”, señaló y añadió: “mi papá tenía muchas cicatrices, pero nunca denunció nada. Nosotros nos dimos cuenta de las cicatrices cuando le dio el ACV”.

Rosa fue liberada en 1976. “Era una libertad vigilada, fue un martirio”, dijo sobre el tiempo que le siguió a su secuestro. Tenía la obligación de ir constantemente al Comando de la Quinta Brigada, y cuando la dificultad económica le impidió asistir le dijeron: “van a ir a visitarla, saber si tiene alguna novedad”. Rosa describió que la persona la visitaba era un capitán y que siempre llevaba un arma. “Una vez me pidió que le haga masajes porque dijo que estaba muy cansado”, recordó. En 1980 Rosa del Carmen dio a luz a una niña. La testigo contó que entonces un grupo de militares se acercaron a la Maternidad y le tomaron fotos al bebé. Cuando le dieron de alta, según relató Rosa, camiones del ejército concurrían a su casa a cualquier hora y momento. “Esa fue mi libertad vigilada”, señaló.

Rosa estuvo detenida en el centro clandestino de detención que funcionaba en la ex escuela Diego de Rojas. Luego fue trasladada a la Jefatura de policía y estuvo alojada en un lugar al que llamaban ‘el Arresto’. La defensa le preguntó si las condiciones habían mejorado en este último lugar. Sin dudar Rosa respondió que ni ella ni los demás detenidos podrían haber mejorado con eso, pero que existía una diferencia entre dormir en el piso y en el colchón. Además, detalló  que en el ‘Arresto’ se alimentaban de viandas que, posiblemente, hacían llegar algunos familiares. Esa comida, advirtió la testigo, la compartían entre todos los que se encontraban detenidos, dando prioridad a las mujeres embarazadas.

Otro de los testimonios del día fue aportado por Luis Roberto Soto. Luis fue detenido por el Ejército Argentino el 21 de marzo de 1975. Miembros militares irrumpieron en su casa, dieron un tiro y dejaron el aviso de que el hombre debería presentarse hasta antes de las 8 en la base militar que estaba instalada en el ex ingenio de Lules. En su declaración dejó claro que consideraba que no tenía nada que ocultar, por eso se presentó acompañado por su tía. Apenas llegó lo detuvieron, lo vendaron y lo trasladaron a la Escuelita de Famaillá. Allí, contó Luis, lo comenzaron a golpear, le preguntaron si estaba llevando mercadería a los “subversivos” y le dieron picanas en todo el cuerpo. Estuvo en ese lugar durante 21 días: “No íbamos casi al baño y cuando nos llevaban de paso nos pegaban, nos hacían chocar”, dijo Luis Soto.

En la ‘Escuelita’ conoció a dos hermanos, “conversábamos en voz bajita y me dijeron que eran de apellido Aranda. Los dos se quejaban entonces yo me di cuenta que venían de la tortura”, comentó el testigo. Después supo por el diario que ambos habían muerto en un supuesto enfrentamiento.

Luis Soto fue pasado a disposición del Poder Ejecutivo Nacional por lo que del centro clandestino de Famaillá pasó a la Brigada de Investigaciones. Allí estuvo alrededor de 15 días y después fue alojado en el penal de Villa Urquiza por 5 meses. Lo mandaron a la cárcel de Chaco por cuatro años y su último destino fue La Plata, en donde en el año 1980 obtuvo la libertad vigilada.

El último en testificar fue Mario Alberto Mustafá. Según relató Mustafá, en el año 1975 el Ejército Argentino irrumpió en su casa y dejó el aviso de que todos los Mustafá mayores de 18 años debían presentarse en la escuela de la zona. Apenas Mario se presentó lo golpearon, le rompieron el documento y le dijeron que no le iba a servir más. “Fue suave a comparación de lo que se venía (…) mi tortura fue en Famaillá”, comentó. Su relato dio cuenta de las condiciones inhumanas de detención. Dijo que además de estar vendados todo el tiempo les daban poca comida y estaban siempre tirados en el piso.

Al igual que otros detenidos secuestrados, Mario Mustafá fue ‘blanqueado’ y trasladado al penal de Villa Urquiza. Más tarde estuvo en la cárcel de Rawson en donde y después de cuatro años lo pasaron a La Plata. Seis meses después obtuvo la “libertad vigilada”. Esta última, igual que en los otros casos, consistía en presentarse en la comisaría cada cierta cantidad de días y que el ejército haga visitas a las viviendas para corroborar que realmente se encuentren allí.

Las audiencias por el megajuicio operativo Independencia pasó, al finalizar la audiencia del 1º de julio a un prolongado cuarto intermedio hasta el día jueves 28 a las 9 de la mañana.-

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